XXII. La Vermouth.

Siempre había algo que hacer en casa. Muchas actividades de juego, estudio, sainetes y comedias, lectura y el Domingo al cine. Específicamente a la Vermouth.
La Vermouth era un función a las diez de la mañana, con la modalidad de " gancho ",  esto es, dos personas con un boleto. Ideal por la hora y por el precio para disfrutar de una película y cortos de Chaplin, los tres chiflados, el gordo y el flaco. Se veían grandes producciones como , " Ben Hur", " Los diez mandamientos", " lo que el viento se llevó", " Taras Bulba", " Tarzán", y una variedad enorme de dibujos animados producidos por el genio de Walt Disney. La familia Mantilla, dueños de El Comercio, eran quienes pusieron en Quito los mejores teatros y cines de gran renombre, como son el Teatro Bolívar, Atahualpa, Variedades, Capitol, Pichincha y otros. Todos ubicados en el centro de Quito y de muy fácil acceso. Muchos otros como el Universitario, Alameda, Alhambra, México, Puerta de Sol, etc. eran de otros inversionistas. En todo caso, habían más de veinte, el quiteño leia las carteleras en el periódico y sabía a dónde ir. En las tardes, había el " cine continuo", funciones de dos películas en horario continuado.
Con mi hermano Marcelo sabíamos ir principalmente al Teatro Bolívar, comprábamos las entradas en el ingreso al teatro, en una boletería circular hermosa, muy práctica para este efecto.
Con Marcelito luego de la función regresábamos a casa muy contentos, comentando el contenido de la película y listos a reprisar en casa, luego del almuerzo en familia. Lo típico era tratar de vestirnos como los principales actores, fabricarnos armas como espadas, flechas, arcos, etc.  y ponernos a jugar.
Una ocasión, luego de haber visto Tarzán, con mi hermano nos quedamos en casa, subidos a uno de los fuertes árboles de misperos, balanceándonos en una soga amarrada en una rama alta. Para remedar a este personaje, nos quedamos en calzoncillos, gritando como Johnny Weissmuller.
Mi bella madre miró este espectáculo, no sé que entendió, pero nos pegó tal "ortigada",  en todo nuestro frágil cuerpo que nos mandó a la cama. De pena y remordimiento, mandó a comprar fritada, para que no le contemos a mi papi.
Jesús no paraba de reír.

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